Una infiltración de plasma rico en plaquetas no empieza con la centrifugación ni con la ecografía. Empieza con una decisión clínica: determinar si el problema del paciente pertenece, realmente, al grupo de procesos en los que un estímulo biológico local puede aportar valor. Esta guía de indicaciones para PRP aborda esa decisión desde la medicina musculoesquelética basada en evidencia, evitando tanto la promesa indiscriminada como el inmovilismo terapéutico.

El PRP no es un tratamiento único ni intercambiable entre todas las patologías. La concentración plaquetaria, la presencia de leucocitos, el volumen, la activación, el número de aplicaciones, la técnica de infiltración y el contexto de rehabilitación modifican el resultado. Por ello, la indicación no puede sustentarse solo en una etiqueta diagnóstica o en una imagen de resonancia magnética.

Guía de indicaciones para PRP: el principio clínico

La pregunta relevante no es si el PRP “funciona” en abstracto, sino en qué paciente, para qué tejido, en qué fase evolutiva y con qué objetivo terapéutico. La evidencia disponible es heterogénea, pero permite establecer escenarios de uso razonables cuando se integra con una exploración rigurosa, ecografía de alta resolución y un programa de carga bien diseñado.

Una indicación sólida suele reunir tres elementos: un diagnóstico estructural y funcional preciso, persistencia de síntomas pese a tratamiento conservador correctamente ejecutado y una diana anatómica accesible que pueda abordarse con precisión ecoguiada. Cuando alguno de estos pilares falla, el PRP corre el riesgo de convertirse en una intervención técnicamente correcta pero clínicamente mal indicada.

También conviene separar dolor de daño tisular. Un tendón con cambios degenerativos en imagen no exige necesariamente infiltración, igual que un paciente con dolor intenso puede requerir una revisión diagnóstica antes de plantear una terapia biológica. La correlación clínico-radiológica sigue siendo decisiva.

Tendinopatías: dónde el razonamiento debe ser más fino

Las tendinopatías crónicas constituyen uno de los campos de mayor interés para el PRP, especialmente cuando existe fracaso de una pauta de ejercicio terapéutico progresivo, corrección de factores biomecánicos y manejo adecuado de las cargas. Sin embargo, agruparlas bajo una única indicación simplifica en exceso la realidad clínica.

En la epicondilalgia lateral crónica, el PRP puede considerarse en pacientes con dolor persistente, disfunción relevante y hallazgos compatibles con tendinopatía del extensor común, particularmente tras el fracaso de medidas conservadoras bien aplicadas. La infiltración debe orientarse a la región patológica identificada por ecografía, no limitarse a una administración genérica en el punto de máximo dolor.

La tendinopatía rotuliana es otro escenario potencial, sobre todo en deportistas o pacientes activos con enfermedad de larga evolución y alteraciones estructurales focales. Aquí el procedimiento solo tiene sentido como parte de una estrategia de readaptación. Infiltrar sin planificar la progresión de carga, el control de la fuerza extensora y los criterios de retorno deportivo reduce la coherencia del abordaje.

En tendinopatías glúteas, aquíleas no insercionales o del manguito rotador, la selección exige aún más prudencia. Deben valorarse el patrón de dolor, las lesiones asociadas, la calidad del tejido, la presencia de roturas parciales y el impacto funcional. La evidencia no justifica trasladar automáticamente un protocolo de una localización a otra. El tejido, la biomecánica y la historia natural no son equivalentes.

Roturas parciales y entesopatías

Las roturas parciales tendinosas pueden ser candidatas a una estrategia biológica en casos seleccionados, pero requieren clasificación ecográfica detallada y definición de objetivos. No es lo mismo una lesión intratendinosa estable en un paciente joven que una rotura de alto grado, retracción progresiva o compromiso funcional severo que orienta a valoración quirúrgica.

En las entesopatías, además, debe evitarse atribuir todo el dolor a la inserción. El origen puede ser miofascial, articular, neuropático o referido. La precisión diagnóstica es, en estos casos, una forma de seguridad terapéutica.

Artrosis: seleccionar fenotipos, no tratar radiografías

La gonartrosis es una de las indicaciones más estudiadas de PRP intraarticular. La práctica clínica y parte relevante de la literatura sugieren que determinados pacientes pueden obtener mejoría sintomática y funcional, especialmente en fases leves o moderadas, con predominio de dolor mecánico, expectativa realista y capacidad de participar en un programa de ejercicio y control ponderal cuando esté indicado.

El grado radiológico, por sí solo, no resuelve la indicación. Deben considerarse la intensidad del dolor, los derrames, la sinovitis, la alineación, el eje mecánico, la estabilidad ligamentosa, las lesiones meniscales y el nivel de actividad. Un paciente con artrosis avanzada, deformidad importante y limitación severa puede no ser el candidato idóneo si el objetivo implícito es evitar de forma indefinida una solución quirúrgica indicada.

El PRP no regenera de manera predecible el cartílago articular perdido ni corrige una sobrecarga mecánica relevante. Su posible papel es modular síntomas y entorno articular en un marco terapéutico más amplio. Presentarlo de otro modo compromete el consentimiento informado y la confianza clínica.

En otras articulaciones, como cadera, hombro o tobillo, la indicación debe individualizarse todavía más por la menor homogeneidad de la evidencia y por la frecuente coexistencia de patologías que exigen otro tipo de tratamiento. La infiltración ecoguiada aporta seguridad anatómica, pero no sustituye al juicio clínico.

Lesiones musculares y ligamentosas: evitar la extrapolación

El interés por el PRP en lesiones musculares agudas ha sido elevado, especialmente en medicina deportiva. No obstante, los resultados son variables y no permiten establecer una recomendación universal para acortar plazos de retorno. La clasificación lesional, el momento de intervención, el músculo afectado, el mecanismo y el programa de rehabilitación condicionan el resultado más que una indicación basada únicamente en el deseo de competir antes.

En lesiones ligamentarias, el escenario es igualmente dependiente del caso. Puede plantearse como adyuvante en lesiones parciales o procesos de cicatrización seleccionados, pero no debe retrasar una reconstrucción o estabilización cuando esta es necesaria. La terapia biológica no compensa una inestabilidad mecánica clínicamente relevante.

Qué debe evaluarse antes de indicar PRP

La consulta previa debe tener la profundidad de una decisión intervencionista, no la de un acto protocolizado. Es necesario verificar el diagnóstico, las terapias ya realizadas y su calidad de ejecución, las demandas funcionales del paciente y el objetivo medible de la intervención. Dolor, función, fuerza, tolerancia a la carga y actividad específica deben quedar registrados para poder valorar después la respuesta.

La ecografía musculoesquelética es especialmente valiosa para confirmar la diana, identificar cambios estructurales, valorar neovascularización cuando proceda y planificar la vía de acceso. En intervencionismo avanzado, la imagen no es un complemento estético del procedimiento: permite adaptar la técnica a la anatomía real del paciente.

También deben revisarse condiciones que pueden modificar la seguridad o la eficacia potencial, como infección activa, alteraciones hematológicas relevantes, trombocitopenia, coagulopatía, tratamiento anticoagulante o antiagregante, enfermedad sistémica descompensada y sospecha de proceso tumoral. Algunas situaciones representan contraindicaciones y otras exigen coordinación con el especialista responsable, ajuste individual o aplazamiento. La decisión no debe basarse en listas rígidas sin contexto clínico.

El protocolo forma parte de la indicación

Indicar PRP sin definir el producto y el procedimiento es una incongruencia metodológica. La caracterización del preparado, la estrategia de administración, el número de infiltraciones y el seguimiento deben responder a la patología tratada y al objetivo clínico. La falta de estandarización explica parte de la variabilidad observada entre estudios y entre resultados asistenciales.

El procedimiento debe incluir consentimiento informado específico, técnica aséptica estricta, guía ecográfica cuando la precisión anatómica lo requiera y recomendaciones posteriores coherentes con el tejido intervenido. El reposo absoluto prolongado rara vez es la respuesta. En muchos casos, la evolución depende de reintroducir carga de forma progresiva, con criterios funcionales y comunicación estrecha entre el médico, el fisioterapeuta y el readaptador.

La formación avanzada permite comprender esta cadena completa: indicación, preparación, ecoguía, ejecución, rehabilitación y evaluación de resultados. En AEMR, ese enfoque integra evidencia científica y práctica clínica supervisada para que el médico no aprenda solo a infiltrar, sino a decidir con mayor precisión.

Cuándo no indicar PRP

La mejor indicación también incluye saber detenerse. No debe proponerse PRP como respuesta automática a un diagnóstico por imagen incidental, a una lesión con clara indicación quirúrgica, a un cuadro inflamatorio o infeccioso no resuelto, ni a expectativas irreales de curación inmediata o regeneración estructural garantizada.

Tampoco conviene usarlo para sustituir un diagnóstico pendiente. Ante dolor desproporcionado, síntomas neurológicos, signos sistémicos, traumatismo de alta energía o evolución atípica, la prioridad es ampliar el estudio. La medicina regenerativa de excelencia no consiste en aplicar más procedimientos, sino en indicar mejor cada procedimiento.

El PRP alcanza su mayor valor cuando se integra en una medicina musculoesquelética precisa: una que identifica la diana correcta, respeta los límites de la evidencia y acompaña al paciente durante la recuperación funcional. Ese criterio, más que la técnica aislada, es el que convierte una intervención biológica en una decisión clínica de alto nivel.